Akakus

En la antigüedad, los bereberes, denominados libios por griegos y romanos, se extendían desde Egipto hasta Marruecos.
Los tuareg, que habían permanecido fieles a sus dialectos originales, conservando grabadas en las paredes rocosas del desierto muestras de su antigua escritura, el tifinagh, fueron posiblemente los garamantes descritos por Heródoto:
“Estos garamantes cazan con sus cuadrigas a los etíopes trogloditas”
Se refugiaron en los macizos centrales del desierto: Hoggar, Adrar de los Ifora y Ayr.
En estos territorios se fueron conformando las tribus que encontraron los europeos cuando llegaron al Sahara en el siglo XIX: Kel Ahaggar, Kel Adagh o Kel Iforas, Kel Tademekket, lullemmeden y Kel Ayr.
La cultura de estos señores del desierto fue cristalizando a lo largo de siglos de migraciones y asentamientos.
Los tuareg sometieron a esclavitud a las poblaciones originales, naciendo el sistema de castas, nobles y vasallos, que ha mantenido su sistema económico, favorecido por el aislamiento, inalterado durante miles de años.
Los etíopes trogloditas, de piel negra, serían los Tubu, instalados en el macizo del Tibesti, en el Sahara Oriental, que habían permanecido en su tierra original.
En aquellos tiempos primitivos, las principales exportaciones del Sudán Occidental eran oro, esclavos, marfil, plumas de avestruz y cuero.
El principal producto a importar, la sal, escasa en el Sudán y fácilmente obtenible en el Sahara.
Aunque hoy el Sahara parezca una gran barrera natural, no siempre fue así a lo largo de la historia.
Además de grandes obras del imperio Egipcio que permanecen sepultadas bajo las arenas del Sahara, hay numerosos vestigios de un comercio transahariano que comenzó mil años antes de la era occidental, cuando se atravesaba el desierto con bueyes y carretas.
Durante milenios, numerosas rutas cruzaron el desierto y unieron los reinos africanos del Sur con los puertos del Norte de África, en épocas en que los principales productos comerciales eran el oro y los esclavos hacia el Norte, y la sal de las minas del Sahara hacia el Sur, trocadas por conchas de cauri, principal unidad monetaria de aquellos tiempos.
Muy prolija es la literatura que nos habla acerca de esta intrigante zona del mundo.
Entre la literatura de ficción, figuran las novelas Sinuhé el Egipcio, de Mika Waltari; El ladrón de Tumbas, de Antonio Cabanas; y El Ocho, de Katherine Neville.
Es significativo que las dos antiguas rutas caravaneras conducían a la parte del Sudán donde existían depósitos de oro en aluvión, que aún se seguían trabajando al comienzo del período Islámico, ya desde muchos siglos atrás.
Los Akakus
En el extremo Suroeste de Libia, en pleno desierto del Sahara, se esconde otra parte importante de la que consideramos la mayor galería de arte rupestre de nuestro planeta.
Todo un hallazgo el de este paraje, donde tras la aparente desolación de infinitas dunas se descubre un universo de matices. En Tadrart Akakus se está lejos, muy lejos, del mundanal ruido. Sólo hay que examinar un mapa para comprobarlo.
Este macizo montañoso del Fezzan, la región libia del Sahara, de unos ciento cincuenta Km. de largo por cincuenta Km. de ancho se encuentra a muy poca distancia del Norte de Níger y aún menos de la frontera Sur de Argelia, hacia donde se prolonga más allá de Tassili.
Esta zona fue descubierta al mundo occidental a mediados del siglo XIX gracias al geógrafo y explorador prusiano Heinrich Bart, quien señaló ya la presencia de pinturas rupestres.
Pero no fue hasta la II Guerra Mundial y, sobre todo, durante los últimos treinta años, cuando Fabrizzio Mori y otros investigadores pudieron estudiar la región con cierto detenimiento, poniendo de relieve su enorme importancia.
Akakus no es sólo una extraordinaria y gigantesca galería de arte rupestre. También es un yacimiento arqueológico de primera magnitud y una referencia esencial para entender el pasado de esta región del continente africano.
El conjunto ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, aunque todavía no cuenta con la suficiente protección para asegurar su futuro.
Pese a haber permanecido aislado durante décadas, en la actualidad la situación ha cambiado de forma radical.
Todavía no se cuentan por millares sus visitantes, pero ya son varios los operadores turísticos que incluyen esta parte de Libia en sus programas.
En Sebha, la capital de Fezzan, comienza todo. El viajero se adentra en una diversidad abrumadora de paisajes que, incluso para los muy conocedores del desierto nunca deja de fascinar.
Durante dos largas jornadas uno va descubriendo que esta desolación, aparentemente infinita, contiene una miríada de matices.
Se suceden las montañas, las inmensas llanuras y las arenas infinitas que van cambiando paulatinamente de forma y de color.
De pronto, cuando menos se espera, aparecen restos de antiguas ciudades atribuidos a una civilización perdida que los estudiosos identifican con el imperio de los garamantes, un pueblo astuto y que fue el principal adversario de la Roma clásica en el área sahariana.
En Germa, se conservan las ruinas de adobe de su capital. No muy lejos de allí, varios cementerios reales y un modesto museo que intenta entablar una relación entre este pueblo, los autores de las pinturas rupestres y los muchos monumentos megalíticos encontrados hasta ahora en Akakus.
Para algunos autores, éstos serían los descendientes directos de los garamantes. Pero lo cierto es que, de el momento, el origen de unos y de otros permanece envuelto en oscuras y evasivas tinieblas.
Incógnitas que contrastan con la brillante realidad del murmullo del agua en los lagos de Ubari, un conjunto de oasis de una belleza sobrecogedora en mitad del Gran Erg, quizás el mayor desierto de arena del planeta.
Lo habitual es pasar la primera noche muy cerca de allí, en un confortable campamento: el Magic Lodge.
Hay otros en la zona, pero no llegan a superar el nivel de comodidad y servicios de esta compañía jordana que conoce perfectamente cómo satisfacer las expectativas de los viajeros interesados en esta temática.
En un primer momento se nos antoja un espejismo. No puede ser verdad que en mitad de ese mar de arena se haya conseguido tal nivel de lujo.
Una treintena de tiendas conforman un círculo casi esotérico. El interior de cada tienda esconde un pequeño palacio a imagen y semejanza de “Las Mil y Una Noches” En el exterior, podemos escoger una duna entre docenas de ellas desde donde contemplar el espectáculo de la puesta de sol. Al fondo del camino, súbitamente, aparece en el horizonte la oscura mole de basalto de Jebel Akakus o Tadrart Akakus.
Si la primera impresión puede provocar incluso miedo a causa de lo oscuro de la piedra, ante nosotros no tardan en surgir miles de matices y formas caprichosas.
Tras las enormes paredes de las montañas se esconde un mundo alucinante, absolutamente árido, salvo por algunos pozos como el de Aminer, pero de una variedad y riqueza geológica abrumadora.
El viajero descubre desiertos de arenas multicolores, ciudades encantadas de piedra o ríos espectrales.
Aquí, hace miles de años crecían todo tipo de frutas, vivían miles de seres humanos en una especie de Edén al que los cambios climáticos pusieron fin.
Pero quedan las pinturas y relieves que aquellos hombres y mujeres nos dejaron como testigo de unos tiempos pretéritos de inmensa prosperidad.
Se cree que el origen de este arte rupestre, tanto el de Akakus como el de Tassili, separados solo por escasa distancia, se remonta a casi diez mil años, prolongandose hasta muy cerca de nuestra era.
La zona es inmensa y se necesitarían semanas para explorarla con detenimiento.
En Wadi Tashwinat y sus alrededores, encontramos el mejor conjunto de pinturas de Akakus o, al menos, el más accesible. Escenas de caza, momentos tan íntimos como una boda, centenares de animales exóticos incluyendo elefantes, jirafas o leopardos. Todo ello en medio de un laberinto de piedra.
Este mundo fantástico alcanza su culminación en la zona Sur, en lo que se conoce como El Arco de Afozedzhar de unos 150 m. de altura que se eleva sobre la intersección de tres wadis. Los especialistas afirman que en Akakus hay cinco estilos muy distintos y definidos del arte rupestre sahariano:
Periodo de la Fauna Salvaje, (10.000 al 6000 AC.), caracterizado por la representación de elefantes, jirafas, ovejas y búfalos.
Periodo de las Cabezas Redondas (8.000 al 6.000 AC.), paralelo al anterior, representando figuras humanas sin rasgos, con cabezas circulares.
Periodo Pastoril (5.500 al 2.000 a.C.), que nos muestra a seres humanos en compañía de ganado o celebrando ceremonias.
Periodo de los Caballos (1.000 AC. al 100 DC), donde aparecen numerosos équidos.
Por último, el Periodo de los Camellos (200 AC. en adelante), donde los dromedarios son la figura preponderante.
Escrito por-,
Abdurrahman Jimenez